Consomé Punk, de Claudia Fadda Molina
Ediciones Mujeres de Letras, 2026
¿Desde dónde hablas Gonzalo?
No soy mujer, pero nací desde el centro de una
de ellas, me alimenté de su cuerpo y bebí de su conciencia el lenguaje, el si y
no de las reglas, las primeras chispas del arte. De ella recibí en primer término,
el oleaje tibio del amor, los trabajos de la caricia, la forma de abrochar mis
zapatos.
Ahora soy padre de una mujer y compañero de
ruta de una sabia artista plural y maestra de rutas espirituales. Fui criado en
la profunda convicción de la igualdad entre todos los seres humanos.
Ejerciendo el arte de besar, conversar y
construir hogar, conozco la realidad de la mujer de nuestra tierra, tantas veces abusada, fundamentalmente
por familiares, amigos de sus mayores y muchas veces por el padrastro, abuelos, educadores, ministros
religiosos o el propio padre.
Colaborando con el arte de sanar, he observado a
muchas personas, jóvenes y mayores, vivir con cáncer, sujetarse a la ordalía de
la quimioterapia y resistir varias veces el continuo despertar de ese mal.
El arte
Hace algunos años leí los primeros trabajos de
Claudia y no provocaron mi atención, pues la poesía exige mucho carácter,
fuerza y originalidad para adquirir el tono de las sirenas y encantar al
lector.
El despertar del arte en Claudia recorrió rápidamente ese camino y ha logrado
seducirme y despertar mis emociones.
Lo consigue gracias a la autenticidad de su
relato, el valor que despliega al develar
su niñez abusada, su justa rebeldía contra el orden patriarcal, su sincera
militancia contra el poder opresor.
El Consomé
En mi comprensión, el texto de Claudia presenta varios puntos centrales:
La maravillosa mirada de la infancia, confiada,
ingenua, abierta a los colores y música del mundo, sensible al sabor del “pan
tostado”[1]. Claudia reconoce en su
alma la presencia permanente de la infancia, una incansable inocencia y su apego profundo a la música y la luz del
mundo.
La presencia de la oscuridad, el miedo al
padre, la violencia de sus cachetadas, el desprecio que viaja en el lenguaje, la
imposición del silencio y el abuso que
la inundó de asco, culpa y terror “una oscura noche de terremoto”.
La resiliencia, evocada magistralmente en el poema
“consomé de pollo”[2], que integra la música punk que la ayudó a
introducirse al silencio de la anestesia
y la primera comida que saboreó muchos días después.
La presencia del Gran Amor, que le habla a
través de un colibrí[3], que la recibe de regreso
a la vida, que fluye a través de su arte.
Mamá de manual
Me remece y despierta múltiples interrogantes
el poema “Mamá de manual” que protesta contra la infinidad de roles que
las costumbres exigen de las madres y abuelas
“Las mamás no tiran”, decía una lúcida observadora del
mundo, evocando la mirada egótica de los hijos, para quienes las madres existen
solamente para su particular abrazo, culto
y alegría.
Conmueven a su vez, los palcos para viudas en
el Colón de Buenos Aires y el ejemplo de tanta mujer separada que nunca más
volvió a ser besada y enfocó la luz de su amor en sus hijos, sobrinos y nietos.
En la sombra de aquel texto, y perdonen el comentario
adanesco, crece la inquietud por el “no mujer actual”, porque la
creciente igualdad de roles, apenas nos reserva
la pelota, el asado, la física violencia y la barba, como signos distintivos de
masculinidad.
Consomé Punk, hay que leerlo.
[1] “no
teníamos para comida/solo para este manjar de los dioses/marraqueta tostada una
y otra vez”, fragmento del poema “pan tostado”
[2]
Este poema sintetizado, da nombre al libro.
[3] Hay que plantar arbustos de jazmines
para atraer a los colibrís.

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