Sueños 1


Minotauro

Miro  y veo sobretodo mis sueños
escribo para  escucharlos
y para escucharnos
regreso a mi propia alma
aceptando mi monstruo
para vencerlo
desangrar su tejido de ira
descubrir  mis abismos
volar como un águila
en mi silencio
y regresar
al mar de Ariadna
portando el color de mi bandera.


 Escalera interior


Hoy he descubierto una puerta en el suelo de mi casa. Ella cubre una escalinata iluminada y de venerable tamaño que conduce a varios hogares ubicados cerro abajo.

Todas las casas están bañadas de sol y próximas al mar.

En las habitaciones predominan el blanco y el verde. Viven allí pintores y músicos. Mujeres con lentes y cigarros, loros de buenos modales, ancianos que preparan tomates y puerros.

Hay un recinto lleno de libros y busco allí el antiguo arte, el espíritu secreto del vidrio, la noble verdad de la madera. Cierta voz me recomienda un volumen entre todos y lo tomo con cuidado, consciente de su honda valía.

En la última casa se divisan las olas de Caleta Portales. Hay una cocina de extensas dimensiones en que corre el agua en un lavaplatos lleno de verduras y una habitación en que alguien pinta un mural interior.

Al intentar salir, entre la mampara de vidrio y la puerta exterior, hay decenas de personas enhebradas, cuerpos cuajados de lujuria, desnudos en un cuarto de placer, desplegando una misma danza, impidiendo cualquier paso, mojando el aire con sus líquidos, independientes de todo género y de todo pudor.

Aquel mar humano me impidió salir a la calle y regresé subiendo la escalera, hasta alcanzar mi casa y mi paz. Sin embargo, el libro no está conmigo. Vuelvo una y otra vez por él, incluso lo veo desaparecer al cruzar la puerta de mi sueño.

Tras las paredes


A los doce años de mi vida,
pocos minutos después
de hundirse el dique en la bahía,
sentí un crujir de tablas
y un ruido fuerte en mi closet.

Me acerqué a ese laberinto
y observé un pequeño cuerpo,
un bulto vivo y silencioso,
mirándome desde el miedo,
dotado de pocos,
pero largos cabellos.

Ambos guardamos
un silencio respetuoso,
hasta que él dijo “agua”
y yo le extendí
la botella de Cachantún
que un ángel
puso en mis manos.

“Gracias” dijo
y regresó a su mundo
de adobe y tablas,
cazando pulgas,
ratones y palomas.

Pronto supe
que tras las paredes
había múltiples huéspedes.
Estaban los que huían
del terror de Estado,
los porfiados ermitaños,
los hombres derribados
por la pena.

Había un joven
que bajaba para hablar
de política con mi madre,
un carabinero que se negó a torturar,
un niño rubio
huyendo de sus padres.

Ayer, mientras limpiaba
el último piso de esta casa,
tras un estante lleno de libros,
encontré a Ricardo,
el miso niño rubio,
ahora viviendo en una buhardilla
que llena su pequeño espacio
con siete televisores planos
todos encendidos y en silencio.

Me agradó notar
que era un sitio abierto,
visitado por imágenes del cielo
y la fresca presencia del mar.

Me contó que a veces
sale de su encierro,
que tiene buenos negocios
y bastante ropa.

¿Por qué me sigues?
le pregunté.
El me miró con ojos de hermano
y yo entendí su trabajo.






Sueño de enero 2010



Soñé que subíamos Recreo en bicicleta.


Más allá de la Bimbo había una zona de restoranes.


Íbamos hacia Valparaíso pero nos detuvimos allí.



Entramos a un local de techo alto y diseño al estilo del Soho.


Los trozos de pizza no estaban sobre platos


sino que sobre un oscuro papel lija.


Me pareció impresentable, pero luego aprendí.


Había que raspar la comida.


Había que darle un nuevo sabor.


Alguien pidió un pisco sour


que llevaba hierbas adentro


y lo recomendó con entusiasmo.






Intuición


Tengo la costumbre de besar a los muertos,

fijar lazos entre Gauguin y Mistral,

entre lozas amarillas y ciencia.


Mi alma vuela entre las cosas

combatiendo al viejo Puck

que las enreda y entraviesa.


Mi mejor arma son los sueños.

Antes del primer café

me siento a escucharlos,

me aclaran el día,

me vuelven azul.


A veces, la intuición

brinca en cualquier lado,

un gesto repetido,

un cambio en la mirada

y todo está dicho,

evidente como el pan,

visible como una Luna.



Cuatro de la madrugada junto a Isidora



Isidora respira mientras duerme,

sus dos años llevan una camiseta celeste,

noventa centímetros,

su tercer verano a cuestas.


Sueña con sus andanzas en el agua,

con su amiga Gea, sus primos,

su afición a rayar los muros

y a huir gateando de las misas.


Yo sorteo la noche junto a ella,

pienso en la prelación de créditos,

medidas cautelares, divorcios,

municipalidades en guerra.


Se cierran mis ojos y duermo,

llevo muebles a la subasta,

almuerzo con el Diablo y su corte

busco a Carlita en calle Carrera.


No despierto, sólo sueño.


Solsticio de Invierno.


Junto a Isidora

nos ocupamos de esperar el amanecer.

Sobre la columna del norte

comenzaron las luces rojizas

a borrar la voz muda de las estrellas

hiriendo las cordilleras

con un rubor insolente

y puro.


Como el sol estaba nuevo

hice tres brincos y llegué hasta él,

lo tomé en mis manos

cuando era una pequeña

esfera de luz,

lo amasé con paciencia

hasta mirar en él

las sonrisas de mi hija,

los mosaicos de los templos,

los hímenes de las vírgenes,

los rostros de Beatriz,

las aguas primigenias

del Océano.


De pronto,

miré hacia arriba

y estaba Isidora en un plano superior,

abrazándome con su mirada de alegría

corriendo de la sombra a la verdad

uniendo los sueños y las certezas.


Ahora miro mi navidad

y vuelvo a nacer con ustedes

abrazado a vuestras miradas,

unidos en el verbo y la luz.



Pasifae


Mientes cuando nadie pregunta

sonríes cuando arrasa la pena

bebes vodka con tomates

haces el amor con los ojos cerrados

lloras con los primeros gritos del sol


Tienes la cartera llena de cohetes

lápices pistolas y frascos

nunca usas sostenes

nunca mantienes tu palabra

eres dura

abrigas con tu sombra

eres zumbido de nubes

timbre escudo

pílsener que se destapa

y hace zuap pssss squasch

mientras sube tu espuma

y comienzo a probarte

a tragos pausados

impúdicos

desafiantes




Tu mirada raspa

hace cosquillas

come pan

desnuda el espíritu de la tarde

y abre senderos en mi rostro

porque eres búdica

intensa

boscosa

lasciva

múltiple

minotáurica

locamente genial


Te apagas y nada te detiene

sigues sosteniendo los colores

tersa y enigmática

porque

nada puede ser más breve que la muerte

nada puede derribar tu alma



Amante de Pasifae


Me permites ser una bestia

y voy cortando las flores de tu pubis

derramando mis labios

volcando el carmesí

y las palabras hechas

de vidrio



Me empeño en tomar tus silencios

colmarte del barro más limpio

volverte un jardín

un bosque

una pequeña granja de invierno



Tengo todo de ti

y todo me falta

aunque tu cuerpo lleve mi nombre

y muchas descargas eléctricas

respondan a mis embates

a mi fuerza

a mi alma hecha sangre


Medea en K

Hace días que sueño con K,

veo su rostro de maga

en la bruma de este cerro,

en los recodos de las casas,

bajo la textura de las cosas y las fotos.



Anoche, ella fue el centro de los hechos,

desolada por un engaño,

agotada de perdonar,

estalló en una crisis feroz,

incendió su casa

y la de varios vecinos,

abortó el sol que esperaba,

marchó al norte

y dejó a su hijo de tres años

en una comunidad de indios.



En el hechizo del sueño,

partí hasta las cercanías de Arica,

un taxi me llevó por un laberinto ondulante

que descendía hacia el fondo de una quebrada,

hasta que la vía se hizo tan pequeña

que tuve que seguir a pie

en compañía de un espíritu.



La comunidad de indígenas

era un edificio moderno,

ovalado, blanco,

con bares y salas amplias,

elegantes y cómodas.



El niño estaba feliz en ese lugar,

el sabio que presidía la comunidad

era un hombre lleno de luz y calma.

No había un sitio mejor para el muchacho,

aunque nunca pude verlo en concreto.



Regresé a Viña

y acudí al hogar de L,

la madre de K.

La señora tenía el pelo invadido

por la escarcha

y de pie junto a una muralla

observaba a su hija

por una rendija secreta.



Nos abrazamos por varios minutos,

me contó detalles de los hechos,

la furia incendiaria de  K,

la forma en que descubrió el engaño,

la traición de su propia amiga,

el Malón  que su padre organizó en la casa.



Luego, bajé al patio,

un prado verde con un árbol caído.

Sobre el gigantesco leño

estaban varias amigas sentadas.



Me hablaron de C,

el sorprendente vértice del lío

y de la forma en que K

estaba saliendo del llanto.



De pronto,

ellas se esfumaron

y sobre el leño quedó K,

vestida de negro

y ligera de penas.

Me acerqué a ella,

la sentí delgada y casi tibia,

dueña con certeza de su cuerpo.



Le conté mi sueño,

me dijo que no todo era verdad,

me retó por tonto,

me invitó a su fiesta.


Circe


Dormía, cuando el espíritu de la noche

me tomó con su mano gigante,

llevándome a la isla de Ea.


La bruma y el tupido bosque

hacían de mi espacio

un universo ciego.


Horas estuve

trabando amistad con las serpientes

que pendían de las ramas,

con los finos dientes de los roedores,

con el alma húmeda de las plantas.


De pronto, escuché pasos

y sentí los ojos verdes de Circe

iluminar el sendero

como feroces lenguas de fuego.


Vi a los muertos rompiendo

sus tumbas para responder

a su llamado; observé los

hongos reluciendo en sus manos;

sentí el mar retrocediendo

y gimiendo;

probé las lágrimas de la Luna,

herida por la voz tremenda de la hechicera.



Junto a su casa de piedra

en el claro del bosque,

Circe trazó el círculo de sus poderes

y me ordenó entrar en él

junto a Ulises y Medea.


Poderosa,

abrió su majestuoso libro,

encendió el rubor de los cielos

y extendió su copa a mis labios.


Sin miedo,

inmunizado por el cáliz de la amargura,

bebí hasta la última gota

de aquel licor negro,

viscoso y con sabor a tierra.


Vino entonces la aurora

y Circe,

despojada de sus negras ropas,

me extendió sus brazos

en señal de bienvenida.


Limpia de rostro y clara de deseos,

me pidió un hechizo aéreo

para completar sus poderes.


Honrado por su ruego,

le extendí mi más certero canto

e imitando el trabajo del rocío,

picado por el aguijón del astro naciente,

me diluí como vapor en el éter

y retorné a mi cálido lecho.


Noé


Las moscas, las serpientes

y los zorros

encabezaban una larga columna

de animales y hombres hipnotizados,

los colores pardos de las focas,

contrastaban con el naranja

de los mamelucos industriales

que llevaban los agentes del Consuelo.


Cuidadosamente,

medían los colmillos de los tigres,

el ego de los artistas,

la cantidad de feromonas,

la extensión de las alas,

el perímetro de los cráneos,

el veneno de las arañas,

las caderas femeninas,

la sonrisa de los gorilas.


La nave, llamada Geometría,

no era más grande

que una casa de campo,

olía a miel,

tenía cuadros de Picasso,

era laica y circular.


Bastaba con abducir

a los seres

en un portal de dos columnas

y el viaje hasta Orión

se hacía en un archivo de luz.


Así, una hormiga y un elefante

viajaban en correo electrónico,

junto a una multitud de pájaros

y doce ballenas azules.


Me llamó la atención

que los obreros

usaran guantes blancos,

un delantal

con las letras M.: B.:

se llamaran hermanos

y hablaran de paz

en medio de aquella guerra.







Nota: Noé, en hebreo significa consuelo.

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