1 de enero de 2013

Noche de Año Nuevo



El  uno de enero de este año, partió para mí de una forma inesperada.
¡Papá!
¡Papá!
¡Bello se fue!
Con esas palabras, que en verdad fueron gritos, chillidos y reflejos de lágrimas, Isidora anunció la desaparición de nuestro perro recién adquirido, a quien enigmáticamente llamó “Bello”,  pese  que se trata de un cachorro transparente de ojos, invisible de  cabeza e  impalpable de  rabo. En resumen: un perro imaginario.
Bello fue su regalo principal en su reciente cumpleaños número cinco.  Se trató de un presente ideal, largamente anhelado, económico, cariñoso, comunitario, dotado de elevados estándares sanitarios, plenamente apto para nuestro departamento cercano a Caleta Abarca, en Recreo,  Viña del Mar.
Sin perder la serenidad, ni dejarme llevar por la risa, y luego de meditar en silencio, logré desentrañar el misterio y lo expliqué a Isidora.
“Chinita” le dije -por algún idiotismo, así solemos llamar los adultos a las  niñas chilenas-ocurre que Bello tiene menos de un mes y lo más seguro es que se asustó con los fuegos de artificio y, como buen animal imaginario, debe haber buscado refugio entre los reglones de algún libro,  al interior de alguna melodía  o en el espacio secreto de alguna pintura.
¿Recuerdas que en Belvedere jugamos a encontrar perros en las obras de la  Edad Media y de la Época Barroca y que luego jugamos con ellos a las escondidas en sus laberínticos jardines?
La niña sonrió un poco, gracias a esas explicaciones que despertaron su memoria de juegos, arte  y viajes.
Mañana muy temprano – proseguí-   buscaremos  a  “Bello” en los libros de mi velador.  Iremos con Laura  y con mamá.
Sólo entonces, obtuve mi vigésimo premio del día, un beso de Isidora en mi mejilla.
La abracé, le di las buenas noches y la ayudé a dormir.

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