7 de mayo de 2005

Aconcagua




Todo el mundo sabe que me encanta la visión del monte Aconcagua desde Valparaíso.

Cuando me topo con ese panorama milenario, me invade una terrible sensación de fragilidad y corre por mi cuerpo el temor de que ese panorama maravilloso, nunca más se presentará ante mis ojos.

Profundizando en el tema, estimo que ello se explica por dos razones: la primera, por haber descubierto esa visión magnífica, sólo al llegar a la tercera década de mi vida; la segunda, y, más importante, radica en la precariedad de la felicidad y la agilidad con que el amor se rompe y se torna en hielo, distancia, infortunio.

Cuando miro el Aconcagua, pienso en Alma y y su delgada alegría azul sobre mi rostro.



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