10 de noviembre de 2006

desde la altivez


gonzalo villar junto a justiniano




Renuncia


Hombre me llamas porque tengo alas

y camino sobre los rayos naranjas del mar,

liviano de máscaras,

ancho de ojos,

definitivamente loco.



Hombre me llamas

porque suelo ser decente

y hablo con palabras azules,

mecánicas, redondas,

desusadamente limpias y persistentes.



Hombre me llamas

porque no digo hermano con labios falsos,

vencido por el miedo,

infinitamente pequeño,

temeroso de ser un hombre.



gonzalo junto a catilina




"Renuncia" es un poema sobre la traición, emparentado con la maldición feroz que lanzó Neruda sobre González Videla en su Canto General.

Un texto sobre la deslealtad del que vive fingiendo sonrisas, haciendo protestas de afecto, prometiendo comprensión y solidaridad.

Es el reproche, desde la altivez, del que se siente más limpio, más valiente, genuinamente hombre.

Por lo mismo, es un texto que me avergüenza, que escapa a la humildad que busco en el trabajo cotidiano junto a mi comunidad.

Es, también, la transcripción de un documento oficial.El oficio con que renuncié al cargo público de que les hablé antes.

Unos empleados de corbata lo solemnizaron con timbres y ahora duerme en mi hoja de vida como grito de dignidad.

El traidor se llama Fernando Voigt Claus, quien llegó al país reclamando acogida y apoyo, para luego escupir sobre las manos limpias de quienes le abrazaron con afecto.

A los pocos meses de la renuncia, tuve la responsabilidad y el placer gris de patrocinar las denuncias de corrupción que lo derribaron de su mínimo peldaño administrativo.

Cuando unos hombres de frases breves lo visitaron para comunicarle sus castigos, huyó sin decir palabra, para hundirse en el pantano de su alma oscura, de su pequeñez, de su inmundicia.

Por aquellos días del 2002, Carolina Rojas me tomó estas fotos en la Escuela de Derecho de la Universidad de Valparaíso, la sede regional de nustra Universidad de Chile.

En la primer mosaico aparece Justiniano comentando sobre la tradición con sus juristas; en el segundo podemos observar a Cicerón denunciando las felonías de Catilina.

Oh tempores! Oh mores!, la frase todavía retumba entre los hombres que construyen la República.
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