13 de marzo de 2005

Sobre Gladys

En su Patria y junto al cariño de su pueblo, murió Gladys Marín.

La profesora normalista no alcanzó a ver los colores rojos que llenaron las montañas de alegría en las primeras horas de este domingo.

En medio de una espesa bruma, la noticia de su última aventura corre entre los hogares de Chile, pidiendo a nuestras cabezas un instante de pensar.

Valentía. Esa es la palabra que viene a mi mente. Jugarse la vida en las fábricas, en las barricadas, en las marchas.

Perseverancia, consecuencia, rebeldía, son conceptos que hacían de ella un ser humano ejemplar.

Le exigieron que se entregara y siguió luchando; hicieron desaparecer a su compañero y siguió viviendo; prohibieron su ingreso a nuestra tierra y regresó una y cien veces; le pidieron que callara y protestó con más fuerza; le pidieron que dejara de soñar y jamás bajó la bandera de fuego que flameaba en su cabeza.

Desde hace mucho tiempo, los espíritus de botas y negocios la querían muerta, destruida por la tortura, estallada por bombas, vencida por las balas y el terror.

Pero los espíritus del amanecer dijeron otra cosa. La tomaron de la mano y la llevaron altiva por nuestras calles, para que fuera un motivo constante de nuestro orgullo.

Cuando mis hijos me pregunten si conocí a un héroe en mi vida, les diré que una mañana en tiempos de barbarie, ví pasar, vestida de rojo, a la Gladys, la que nunca se rindió.


Gonzalo Villar
6 de marzo de 2005.
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