28 de febrero de 2010

Sismos, registro subjetivo





Mil novecientos seis,

mi abuelo Gustavo hacía sus tareas

cuando el terremoto destruyó Valparaíso,

saqueos, fusilamientos,

gente durmiendo en la plaza,

nada volvió a ser lo mismo.


1938, Chillán,

miles de muertos

en una fosa común.


1960, el gran terremoto,

los abuelos

de Isidora huyen del agua

en Chiloé, Valdivia

se sumerge en sus ríos.


1965, mediodía

de un domingo,

mi madre de 21 años

fue levantada por la tierra,

una nube de polvo subió desde el plan.


1971, tengo tres años,

escapo del agua bautismal,

se cae la iglesia,

la ciudad se fractura.


Una madrugada cualquiera

de los años setenta,

una parte de la calle Yungay

cayó sobre la nariz de mi madre,

los falsos del techo

apuntaron sobre ella.


1985 en Olmué,

tarde del domingo tres de marzo,

ha sido un verano de temblores,

estamos con mi padre viendo una película de ninjas,

nadie quiere pararse,

hasta que el televisor se viene abajo.


Fuera de la casa,

los postes se bambolean,

hay chispas eléctricas,

se abren grietas en el césped,

mi hermana baja

desde la copa de un árbol,

una hilera de autos regresa a la ciudad.

Por la noche, la casa queda a mi cargo.


Ayer, abrí las cortinas

tras el corte de luz,

había un barco

saludando con sus luces,

las estrellas regresaban a la noche,

la luna me miraba con un rostro

intensamente amarillo,

Isidora dormía como una reina,

pasé el bamboleo cuidando

sus sueños.


A las cinco,

mi celular servía de radio,

se recuperan los lazos,

mi sobrino huía del agua

en Juan Fernández.


Por la tarde,

las olas atacan Talcahuano.




En la imagen, el afiche de un seminario que al parecer no fue suficiente preparativo.
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